Huele a papel recién impreso, a tinta de bolígrafo que resbala entre los dedos sudorosos. A una sala llena de gente conteniendo la respiración, a un reloj que no perdona.
Huele a una pregunta que no entiendes. A un psicotécnico que te hace dudar.
Y luego… huele a fracaso.
Al silencio cuando no ves tu nombre en la lista de aprobados.
Pero aquí está la verdad: el miedo no es el problema. El problema es lo que haces con él. Si lo dejas paralizarte… o si lo conviertes en tu mayor arma.